Forman parte de la vida cotidiana. Es imposible imaginar el día a día sin ellas. Permiten mantenerse comunicado de forma permanente con los seres queridos, saber qué están haciendo los amigos casi en tiempo real, acceder a noticias en cualquier momento, divertirse, distraerse y un largo etcétera. Whatsapp, Instagram, Facebook (ahora llamado Meta), entre otras, son las plataformas en las cuales transcurre hoy buena parte del tiempo que una persona permanece despierta. Pero es recomendable estar atento para no convertirlas en elementos peligrosos.

Se ha vuelto cada vez más habitual escuchar a personas que denuncian estafas, acosos, engaños, amenazas, escraches, bullying y grooming (el acoso de un adulto a un menor mediante medios digitales) a través de las redes. En general, los delincuentes se aprovechan del anonimato que brindan estas plataformas y del desconocimiento que demuestran muchas personas en su uso.

De todos modos, no hace falta ser un delincuente para generar daño con los medios virtuales. Basta con realizar un uso irresponsable de la información que por allí circula. Esta semana, por ejemplo, muchos tucumanos vieron alterada su tranquilidad con inquietantes mensajes que alertaban sobre supuestos incidentes en supermercados y en comercios, que jamás ocurrieron. En su mayoría eran posteos de origen dudoso, que mostraban fotos editadas, con panoramas parciales o imágenes confusas y que sólo despertaban inquietud. Impacta la velocidad con la que se viralizaron, pero no hay que sorprenderse: esa es una variable intrínseca a la lógica con la que funcionan las redes.

En general, uno comparte aquello que le genera alguna emoción (sea positiva o negativa) o aquello que considera relevante para su entorno (familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, etc). La reacción es más emocional que racional. Es decir, si una publicación moviliza alguna fibra hay muchas posibilidades de que esa persona la comparta. Por ese motivo, en las redes, los mecanismos para lograr este cometido suelen ser muy intuitivos y sencillos.

Ahora bien. Es claro (y pruebas sobran) que así como este mecanismo puede servir para lo bueno (campañas solidarias, por ejemplo) también pueden ser aprovechado por personas u organizaciones cuyos fines sean -como mínimo- dudosos. Ocurre con las campañas de desinformación o con las movidas que buscan inquietar a la población y generar ambientes propicios para el caos. Detrás de estas iniciativas siempre hay intereses de sectores que se benefician con la manipulación y la confusión.

Existen mecanismos que cada individuo puede activar para no caer en estas trampas. El más efectivo es poner en duda aquellos posteos, mensajes o datos cuyo origen no se conoce. Mucho más si afirman contundentemente datos que no se pueden comprobar o que no están publicados en los medios de comunicación. Como un mensaje puede ser reenviado de manera infinita, no importa si llegó a través de algún conocido; el hecho de que no sea posible identificar su origen debería llamar a la duda. Es preferible pensar dos veces antes de compartir ese contenido. A veces, la intención del usuario puede ser buena (alertar a sus contactos sobre un posible hecho grave), pero si la información es falsa, el resultado real puede ser negativo.

Creemos que en momentos de tanta tensión social, de preocupaciones y de necesidades cada vez más extremas, es importante apelar a la responsabilidad de cada uno. Las redes pueden ser maravillosas siempre y cuando el uso que se haga de ellas sea el adecuado.